Plataforma Argentina contra la Impunidad

Suspendidos ... Exiliados... -Reflexiones finales-

Silvina Jensen
Miércoles 3 de noviembre de 2004.

Silvina Jensen docente argentina, que acaba de terminar su doctorado en Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona, nos ha cedido parte de su investigación para que la publiquemos en nuestra Web. Argentina ha sido un país de exilios, en distintas épocas y por diversos motivos muchos fueron desterrados del país. En virtud del poco material existente con respecto a este tema, creemos que la investigación de Silvina nos ayuda a comprender la dimensión de este fenómeno y esperamos que colabore a poner en debate esta parte de la historia exiliado de la memoria.

Reflexiones finales

Escribir la historia del exilio argentino de la última dictadura militar no resulta una tarea sencilla. Reconstruirlo desde las experiencias de aquellos que recalaron en Cataluña es sólo el intento por aportar conocimiento empírico sobre uno de los destinos nacionales del destierro del ’76 que como muchos otros constituye aún un hueco en nuestra historiografía.

Sin embargo, y tal como lo señalaba en la Introducción, mi propuesta ha sido pensar desde un "caso" o mejor dicho desde el laboratorio del espacio exílico habitado por los desterrados argentinos y unos "otros" - cercanos o lejanos, "nativos" (catalanes) o compatriotas ( represores, víctimas, testigos, etc.) - cómo esta experiencia fue vivida y pensada y luego recordada desde la contemporaneidad del fenómeno (1976-1983) hasta el presente y tanto por sus actores como por aquellos que de una u otra forma han interactuado con ellos desde la sociedad de origen (Argentina) y desde la de destierro (Cataluña).

El doble desafío ha sido contar una historia en sus dimensiones socio-políticas y desde la subjetividad de sus protagonistas y a la vez ver en qué medida los procesos de significación de la experiencia concreta del caso catalán pueden dar algunas pistas para comprender la forma dominante de recordación del exilio en la sociedad argentina que he definido como una "memoria silenciosa". Luego de acompañar a los protagonistas de la diáspora del ’76 desde su salida abrupta desde Argentina, pasando por sus descubrimientos y aprendizajes en Cataluña, la evaluación o la concreción del retorno tras el final de la dictadura, su reencuentro con la Argentina de adentro y hasta el presente, considero que hay tres cuestiones a destacar.

La primera ligada a la posibilidad de individualizar una comunidad exílica catalana. La segunda vinculada a la apropiación de la tradición exiliar nacional por los argentinos del exilio del ’76 y en particular por aquellos que recalaron en España/Cataluña y de cara a definir su relación con Argentina, el país de donde habían sido expulsados por la violencia. Y la tercera, relacionada con las formas y razones de esa memoria silenciosa sobre el exilio del ’76 que imposibilita el auténtico desexilio del destierro, más allá de que en 1983 la normalización institucional argentina permitió el retorno físico de aquellos que habían huído como consecuencia del Terrorismo de Estado. En este contexto, atiendo tanto a los efectos de la "tradición histórica exiliar", al peso de la nominación militar, a las disputas dentro campo de la militancia sobre la pertinencia de la salida al destierro y a la acción de los propios actores de la diáspora.

Un conjunto de experiencias marcaron la identidad colectiva de aquellos que fueron llegando en forma decidida desde el golpe de Estado, pero que aún antes habían arribado a Cataluña como consecuencia de la acción de la Triple A. Podemos hablar de una comunidad exílica con características propias en tanto es reconocible por una serie de prácticas y representaciones articuladas por sus protagonistas en diálogo/conflicto con las generadas por sus "otros".

¿Cuáles son esas marcas que permiten individualizar al exilio dictatorial de Cataluña de otros exilios nacionales? o ¿En qué medida puede hablarse de una comunidad exílica argentina en Cataluña?

La primera es la experiencia del barco. Si bien como señalamos en el Capítulo 2 de la Segunda Parte no todos salieron de la Argentina de la misma forma, ni todos hicieron de España su primer destino, en el imaginario de los exiliados de Cataluña, los "barcos del destierro" constituyen una señal de identidad. Es verdad que esos barcos recorrían diferentes puertos de América Latina y de Europa, pero la mayoría de sus pasajeros bajaba en Barcelona y buena parte permaneció en la Ciudad Condal.

La emotiva trayectoria transoceánica de aquellos que salían desgarrados, soportando pérdidas, dejando compañeros en la cárcel, simulando ser turistas y llegaban descubriéndose víctimas, desterrados y extranjeros marcó a muchos de los actores de la diáspora catalana y/o fue asumida por muchos otros como signos de su individualidad. No es un dato menor que la literatura haya dado forma poética a ese viaje que creó hermandades y filiaciones. La expereriencia colectiva del barco estaba atravesada por el silencio, el miedo de la huída o el terror de la expulsión, la incapacidad de poner en palabras ese dolor mientras el poder dictatorial parecía cercano, etc. Por la condesación de emociones y pesares, la trayectoria de los barcos de la naviera italiana pasó a ser la metáfora del viaje exílico en general y con independencia de la heterogeneidad de experiencias de violencia sufridas por los cientos de argentinos que recalaron en Cataluña y más allá de los modos de concretar sus particulares partidas no deseadas.

En los barcos, los exiliados recuperaron la memoria de sus abuelos europeos que migraron a la Argentina a finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX y encontraron a los republicanos en su viaje de regreso.

En este sentido, la segunda marca de la individualidad de la comunidad exílica catalana - que quizás podría extenderse al resto de la Península - es la que resulta de la peculiar coyuntura política que vivía la Península en el momento en que se produjeron los arribos más numerosos de argentinos de la diáspora.

El momento político de una España en plena ebullición democrática marcó a los exiliados argentinos de diversas formas. En primer lugar, fue un ambiente ideológicamente propicio para consignar sus luchas en el contexto de las luchas de la sociedad catalana por la recuperación de las libertades. En un sentido amplio, los argentinos inscribieron sus denuncias contra el gobierno del general Videla en la lucha unitaria antifranquista y en una Transición que en Cataluña no sólo se prolongó sino que aunó reclamos por la vuelta a la democracia, la recuperación de las instituciones de gobierno catalán y la reivindicación de la identidad nacional. El peso del imaginario catalán - asociado por los exiliados a las luchas libertarias, anarquistas, de los militantes socialistas que habían recalado en Argentina en el siglo XIX, de los perseguidos de la España republicana, etc. - operó en un primer momento no sólo como puente hacia la sociedad de destino, sino como bálsamo esperanzador tras la derrota de los proyectos del campo popular en Argentina y ante la progresiva toma de consciencia de la espeluznante particularidad represiva de este nuevo golpe de Estado.

En segundo lugar, el clima político catalán no sólo reactivó aquellas ideas, estereotipos e idealizaciones que buena parte de la militancia setentista traía, sino que por aquellas extrañas coincidencias de la historia, reunió físicamente a diferentes generaciones y grupos de perseguidos. Cataluña se convirtió en un escenario de encuentro de destierros. Las referencias a los encuentros entre los exiliados del Cono Sur que se agolpaban en tierras catalanas con aquellos catalanes que volvían de sus destierros sudamericanos sea en los barcos que partían desde el puerto de Buenos Aires, sea en las calles de Barcelona o en los actos de repudio a las dictaduras latinoamericanas se repiten en el recuerdo de los protagonistas.

La propia experiencia de destierro de los catalanes, sus vínculos con los países latinoamericanos tanto a nivel político, de solidaridad, familiar o intelectual crearon las condiciones para que al menos para un conjunto de personajes e instituciones catalanas, la situación de los perseguidos argentinos no resultara algo ajeno o incomprensible. Es cierto que el Estado español y Cataluña se estrenaron como tierra de acogida con los exilios del Cono Sur. Sin embargo la propia experiencia de destierro, persecución y lucha antifranquista, en un contexto de fuerte movilización social contra los resabios de 40 años de dictadura operó como un catalizador que retroalimentó ambas causas. No era raro ver a los argentinos sumarse a las fiestas catalanas de reinvidicación nacional, por caso la Diada del Onze de Setembre y a la inversa que en los actos de los exilios de Chile, Uruguay y Argentina y con la cobertura de las plataformas unitarias catalanas se uniera el repudio a los dictadores del Cono Sur con el reclamo por el Estatut de Autonomía para Cataluña o la libertad de los presos políticos que permanecían en las cárceles españolas.

Finalmente, el tiempo político local permitió que no pocos exiliados se incorporaran a los renacidos partidos y sindicatos catalanes, consiguiendo no sólo un medio de subsistencia, sino aportando su experiencia a una sociedad que necesitaba aceitar los mecanismos de la lucha después de décadas de aletargamiento.

La tercera marca de esta comunidad argentina en Cataluña se vincula la lengua catalana y a la reivindicación del hecho diferencial catalán y el posicionamiento de los exiliados. La historia de los argentinos del exilio estuvo atravesada por los debates y luchas que la sociedad catalana ha protaonizado desde los primeros años de la Transición y hasta la actualidad. Más allá de lo señalado en el Capítulo 5 sobre el uso o no de la lengua propia del país, es claro que el catalán como rasgo identitario básico marcó a la comunidad exílica, que asumió el sentido político del problema en su evolución desde el postfranquismo y después, que lo valoró como espejo donde mirarse para rescatar el propio hecho diferencial argentino, que lo rechazó por vivirlo como una imposición, etc.

El cuarto elemento diferencial del exilio argentino en Cataluña se refiere a lo que llamamos el descubrimiento de la latinoamericaneidad. Si bien no fue un hecho privativo de este destierro, lo concreto fue que en tierras catalanas confluyeron los exilios chileno, uruguayo y argentino y que tanto desde el Socialismo (C.E.S.A.L.) como desde el Peronismo (Centro de Cultura Popular y Agrupación Peronista de Barcelona) se dio forma institucional a la aspiración de reflexionar sobre lo latinoamericano, como tradición, presente y sobre todo como proyecto de realización.

Si bien los estudios del exilio argentino en México también hablan del proceso por el cual los argentinos se dieron cuenta de su pertenencia a Latinoamérica - identidad negada, solapada, minusvalorada en términos generales en Argentina -, lo aparentemente paradójico fue que ese descubrimiento se diera en Europa. En realidad, los desterrados rescatan como factor decisivo de ese descubrimiento por una parte la mirada catalana/europea y por la otra la consciencia de estar viviendo una misma tragedia de persecución, genodicio y diáspora.

La quinta marca de identidad de esa comunidad exílica en Cataluña es la publicación Testimonio Latinoamericano, editada por Álvaro Abós, Hugo Chumbita y Jorge Bragulat entre 1980 y 1983 e incripta dentro de la órbita del Peronismo Intransigente. Esta revista fue núcleo fundamental de reconstrucción/recuperación de cierta identidad latinoamericana anclada en la tradición peronista de movimiento popular que se presentaba como enemigo de los imperialismos y de los bloques de poder capitalista y comunista.

En este sentido, la sexta marca la conforma el peso del exilio peronista - en su diversidad de líneas internas - dentro de la comunidad argentina en Cataluña. De hecho buena parte del debate político y público de este destierro tuvo como centro de interés el análisis del Peronismo, tanto de cara a desconstruir prejuicios y lugares comunes de la "mirada europea" y a efectos de potenciar la solidaridad catalana para la denuncia antidictatorial, como de cara a elucidar el lugar de los militantes en el destierro en la "herencia de Perón" y en pos de su resincripción en la lucha política interna. Para los catalanes, el Peronismo era como mínimo un enigma que dificultó la articulación natural de la solidaridad que en los casos chileno y uruguayo había fluído con normalidad dentro de partidos hermanos. Ser peronista en Cataluña no era una tarea fácil porque los sectores progresistas de Cataluña tenían muy viva la relación entre Franco y Perón y solían valorar al Peronismo como un epígono de los Fascismos europeos.

Más allá de la "experiencia" catalana sobre el Peronismo, la historia reciente argentina tampoco ayudaba a instalar la idea de un Peronismo progresista, democrático y que lejos de la violencia revolucionaria de Montoneros, quería presentarse como un movimiento de liberación nacional y social. De hecho, una de las razones que retrasaron la instalación decidida del tema argentino en Cataluña fue precisamente contra quién se había dado el golpe, quiénes eran los contendientes en la Argentina del ’76, o sea dónde se ubicaban los "buenos y los malos".

La última nota distintiva de esta comunidad argentina en Cataluña la constituye su perfil institucional centrado en dos organizaciones fuertes, la Casa Argentina en Catalunya y CO.SO.FAM., que aunque no fueron ajenas a las divisiones, conflictos y rencillas de otros destierros, mantuvieron al menos hasta Malvinas cierta unidad pública en la denuncia del genocidio y en la lucha por la recuperación de la democracia y la plena vigencia de los DD HH.

Ambas organizaciones fueron representativas de la pluralidad ideológica y social de la militancia del exilio. La relativa unidad política de la comunidad exílica quizás pueda explicarse por el hecho de que en Cataluña no recalaron figuras de primera línea ni de las fuerzas políticas parlamentarias ni de las organizaciones armadas. El destierro en Cataluña estuvo conformado por la militancia política de segunda línea y sobre todo por aquellos militancia social, sindical, profesional, cultural típica de la Argentina de los años setenta que no estaba encuadrada necesariamente dentro de las organizaciones políticas o político-militares, aunque tenía sus simpatías.

En este sentido, más allá de las disputas que el Capítulo 7 intentó reconstruir, durante los 7 años de destierro salvo el período inicial en el que los exiliados trabajaron en vinculación directa con las fuerzas políticas unitarias catalanas, tras su individualización nacional, los argentinos tuvieron una sola Casa Argentina y una filial de los organismos argentinos de DD.HH., al Comisión de Solidaridad de Familiares. Luego aparecieron otras instituciones de menor peso - filiales de Madres de Plaza de Mayo - y por supuesto por fuera de estas organizaciones unitarias, hubo pequeños grupos identificados con las fuerzas políticas en el exilio (peronistas, socialistas, Montoneros, perretistas, etc.). Aunque la gran fractura devino con la guerra de Malvinas, la relativa continuidad y unidad de las instituciones de la comunidad exiliada fue una constante en buena parte del tiempo de destierro y coadyuvó a aportar apoyos locales a la causa antidictatorial argentina.

Más allá de la escasa relevancia que el destierro ha tenido en la Historiografía argentina que como señalamos no posee aún un libro sobre los exilios que acompañaron el devenir nacional desde su independencia de España hasta llegar al destierro colectivo del ’76, los protagonistas de la última diáspora apelaron a esa memoria histórica de cara a definirse y sobre todo en pos de quebrar con la nota más fuerte de la nominación pretoriana que asimiló a los desterrados con "subversivos" e hizo de estos el prototipo de lo absolutamente "otro", lo extranjero por autonomasia, el "antiargentino". En este sentido, los argentinos del exilio del ’76 se reconocieron como parte de una tradición argentina de exilios que se remontaba a los Padres de la Patria (Moreno, San Martín, etc.) y se apropiaron de esa memoria para legitimar sus acciones y sobre todo de cara a suturar una filiación quebrada por la violencia del poder que no sólo intimidó, persiguió o expulsó, sino que propició una estrategia de saber que instituyó a la Nación y a los "huídos" como dos entidades políticas, morales y hasta nacionales diferentes.

Los argentinos que salieron en el ’76 no sólo eran parte de esa sociedad que en términos generales no había dado lugar al exilio en su relato nacional, sino que tuvieron que lidiar con el peso ciertas representaciones que incluso más allá de las fronteras del Estado argentino han cargado al vocablo exilio/destierro con el sentido de castigo por un delito cometido, alternativa de los criminales, camino del traidor y el intrigante, en definitiva el destino de aquel cuyo comportamiento ha sido totalmente carente de civismo y patriotismo.

Entre los argentinos de Cataluña se repiten con insistencia algunas representaciones del exilio que recuperan episodios y personajes de la historia argentina. Sin embargo, la indagación del caso catalán - y también de los testimonios de exiliados de la dictadura que eligieron otros países (México, el resto de España, Suecia, Francia, etc.) - pone de relieve que no había una memoria grupalmente consensuada.

Por el contrario, los compromisos políticos, las filiaciones ideológicas, los perfiles socio-profesionales, las diferencias generacionales y hasta la experiencia concreta de contacto (por convivencia, lecturas, maestros, etc.) de estos argentinos con otros desterrados, se expresó en una pluralidad de memorias en conflicto sobre el pasado exiliar decimonónico y de la primera mitad del siglo XX activado bajo el imperio del Terrorismo de Estado.

Los argentinos perseguidos del ’76 no apelaron a los nombres de los políticos y militares que en las primeras décadas del siglo XIX partieron al destierro como espejos para construir la propia identidad exílica.

Los "renunciamientos" de Moreno o San Martín parecían modelos inalcanzables. Por un lado, los exiliados del ’76 rescataban que esas experiencias fueron consecuencia de la exclusión política o que fueron el castigo para silenciar a los "revolucionarios". Pero, por el otro recurrían a esas figuras para mostrar más bien la pequeñez del propio destierro o para rebajar la propia condición de desterrado ante la imposibilidad de asimilarse a las situaciones históricas. Los prohombres del siglo XIX estaban muy lejos de su condición de "exiliados del miedo". Ellos nada tenían que ver con esos hombres públicos que condujeron el destino de la Patria y sufrieron la incomprensión de sus contemporáneos, ni podían comparar su "cobardía" con aquellos gestos de abnegación, desprendimiento, amor desinteresado por la Patria, que por otra parte parecían circunscribirse al pasado "mítico" de la Nación.

En forma sintomática, aunque en la primera mitad del siglo XIX, las guerras de la independencia produjeron varios exilios colectivos y productos de derrotas político-militares, experiencias como éstas no fueron centrales en la memoria de los exiliados del ’76. Porque aún cuando Moreno, San Martín, Rivadavia o Lavalle no fueron espejos donde mirarse porque eran los prototipos de los héroes nacionales o porque eran figuras que ideológicamente no representaban el ideal político de los huidos del ’76, se los rescató en su individualidad y no se valoró que aquellos pudieron ser sólo las cabezas más visibles de una estrategia de control del opositor político en un momento determinado del devenir nacional.

Estos exilios asimilables a la pena de ostracismo de la Grecia clásica parecían una experiencia distante de las historias “mínimas” que los protagonistas de la diáspora dictatorial podían contar. Sin embargo si para los “exilios del miedo”, el camino de la diáspora no se constituyó desde el gesto heroico sino más bien desde el miedo, la culpa y la vergüenza, la figura de los padres de la independencia argentina y sobre todo de San Martín sirvió como prototipo del patriota en la diáspora. El amplio consenso que la figura de San Martín contaba entre los sectores del exilio y claro está para el propio poder pretoriano hizo que su recuperación -como hizo el cineasta Fernando Solas en el film El exilio de Gardel - sirviera para insertarse en una genealogía de exiliados no traidores a la Patria. Sin embargo, esta apropiación de San Martín por el exilio de los setenta que en Francia aparece con fuerza, no tuvo la misma incidencia en España. La peculiaridad de la historia del país de destino hizo que otros fueran los referentes del exilio utilizados por los argentinos para pensar la experiencia que estaban viviendo.

El gran referente de los argentinos exiliados del ’76 fueron los perseguidos del rosismo. La generación del ’37, sus intelectuales, estos hombres de letras que eran al mismo tiempo hombres de armas y de la arena política, aquellos que pergeñaron desde la oposición al “Tirano” y desde el exterior un modelo de país que pusieron en marcha tras derrotarlo resumían la experiencia que los argentinos de la última dictadura militar estaban viviendo, tanto desde su condición de víctimas de un nuevo “Tirano”, de oposición lúcida al integrismo patriotero de unas FF.AA. que pretendían apropiarse de la Nación y sobre todo de intelectuales perseguidos por sus ideas.

Los proscriptos no sólo fueron un exilio numeroso, conformado por desterrados y huidos, derrotados y hacedores de la Argentina desde el extrañamiento, sino que como los del ’76 cargaron con el mote de traidores a la Patria. Los paralelismos entre el régimen rosista y el Proceso de Reorganización Nacional permitieron a los perseguidos del ’76 apelar a la historia para intentar horadar las imputaciones de "antiargentinos" y "subversivos" que la Junta Militar les hacía. Para los desterrados del ’76, nuestra historia enseñaba la falsedad de llamar criminales, fugitivos o prófugos a personas que tras la caída de Rosas se convirtieron en los Padres de la Argentina moderna.

La apropiación de la profusa producción de representaciones sobre el exilio en torno a la experiencia de la generación del ’37 fue facilitada por la fuerte presencia de intelectuales en el destierro del ’76. En Argentina, la heterogénea oposición a Rosas - en la que confluían unitarios, federales, románticos, militares, políticos e intelectuales -fue aumida principalmente como una experiencia que vivieron hombres perseguidos por sus ideas y que no sólo habían contribuido decididamente a la caída del régimen tiránico de Rosas, sino que devueltos a la comunidad se habían convertido en habiles arquitectos políticos.

En tanto perseguidos, derrotados, tan “antiargentinos” como los que Rosas hizo traidores a la Patria, los exiliados del ’76 - y sobre todo aquellos que dieron forma a la reflexión sobre la identidad exílica - acudieron a la experiencia de los proscriptos porque estos fueron víctimas del autoritarismo que hicieron de su excentricidad escenarios de lucha antidictatorial y de reflexión intelectual y de proyección de la nueva Argentina. Como los del ’76, los del ’37 fueron prófugos de la cárcel, derrotados de batallas, agobiados por la falta de libertades unidos por el común repudio al tirano y reacios a aceptarse culpables de traición. Para los exiliados del ’76, ni la huída ni la denuncia del régimen militar los convertía en traidores a la Patria. Como los del ’37, los desterrados de la Junta militar se reivindicaban argentinos y ofrecían la contudencia del quehacer de los hombres del ’37 - que fueron presidentes, ministros, educadores, escritores, generales, historiadores fundamentales de la Argentina moderna - para legitimar el propio exilio, contestar las acusaciones de malos argentinos, etc. Resistir la dictadura y combatirla eran formas de patriotismo y en ello la experiencia de los proscriptos eran ejemplos de una excentricidad que no implicó deslealtad ni olvido de la Patria.

Aunque la generación del ’37 tuvo un fuerte componente de intelectuales, el perfil de aquellos no puede confundirse con el de un pensador a secas y muchos menos con el de un especialista en el ámbito del saber. Sin embargo, el hecho de que de esa generación hayan salido obras que fundaron la Literatura argentina ayudó a que la noción proscripto haya sido asimilada a la de intelectual y en no pocas ocasiones por efectos del anacronismo se confundió a aquellos intelectuales argentinos del siglo XIX que intervenían en la esfera pública con la palabra, la acción política y a veces las armas, con la imagen actual de un intelectual que a veces se mezcla con la del poseedor de un saber específico pero cuyo rol político no siempre es evidente. Al mismo tiempo, la asociación de la idea de intelectual con las de disidente, rebelde y crítico, provocó una superposición entre intelectual y exiliado.

Si el intelectual es un individuo descontento, rebelde, el que rema contra la corriente, es también un exiliado de su propia circunstancia. Los proscriptos del ’37 fueron todo eso, pero susituación concreta no fue la del incomprendido, ni vivieron un exilio metafórico. Por el contrario formaron parte de un generación perseguida, víctima del autoritarismo, pero también de militantes antidictatoriales que no dudaron de luchar desde la propaganda e incluso desde la acción militar para conseguir el derrocamiento del poder que los exilió.

Aunque la historia argentina está atravesada por numerosos exilios, no todas esas situaciones de desplazamientos no deseados generaron procesos igualmente intensos de traducción de esos sucesos al lenguaje y sirivieron como matrices simbólicas suceptibles de ser apropiadas por la sociedad.

Para los exiliados de la dictadura instalados en Cataluña, el otro gran espejo donde proyectar el propio destierro fue el exilio republicano español. La apelación a la experiencia exílica de los perseguidos del franquismo tiene una doble explicación. Por un lado, los huidos de la España roja ocuparon lugares de eminencia sobre todo en el campo intelectual y universitario argentino. Si bien cuantitativamente, el destierro republicano argentino no fue comparable al mexicano por las barreras puestas por sucesivos gobiernos conservadores y peronistas a la entrada de los "indeseables", los "refugiados" portadores de ideologías disolventes, lo cierto es que muchos desterrados con nombre propio lograron eludir estas políticas estatales en virtud de lazos políticos, profesionales o de amsitad. Asimismo, el impacto de la guerra civil española había sido muy importante al punto de dividir a la sociedad argentina entre pro nacionales y pro republicanos. Por otro lado, más allá de los vínculos que muchos de los desterrados del ’76 tejieron con los republicanos desde las universidades, el movimieto obrero o los aprtidos políticos, el reconocimiento en el espejo del exilio republicano tenía un plus para aquellos que ahora recalaban en la Península como consecuencia de la acción del Estado terrorista argentino.

Más allá del debate intenso que generó la llegada de los republicanos a la Argentina que desde las primeras décadas del siglo XX había comenzado a distinguir entre el inmigrante útil y el extranjero peligroso - el anarquista agitador, la "infección" comunista, los "indeseables de la España roja y separatista" etc. -, los argentinos del ’76 rescataron la experiencia de los luchadores republicanos y antifranquistas que, por otra parte, recordaban a la de los proscriptos de 1837.

Del mismo modo que con los perseguidos del rosismo, los argentinos de la dictadura rescataron una imagen del exilio republicano como un exilio de intelectuales, esto es de víctimas por sus ideas. Pero al mismo tiempo, valoraron que los dos destierros históricos mostraron que desde la excentricidad podía continuarse la lucha contra los autoritarismos y que sobre todo el destierro era el lugar óptimo para "pensar" el país de cara a reconducir en el futuro el curso de la historia nacional.

En este sentido, en el exilio de los setenta en Cataluña la recuperación de una memoria histórica de exilios remite con insistencia, por una parte, a los proscriptos del rosismo y, por la otra, a los desterrados de la España republicana. En ambos casos, el exilio era asociado al exilio de intelectuales, aunque no era ni mucho menos un destierro poético, sino claramente un exilio político. El sentido político de aquellos destierros que se usaban como herramientas para definir filiación y a la vez una doble pertenencia -Argentina y España - se refiere, en primer lugar, a que igual que los de 1837 y 1939, los de 1976 se reconocían como hombres de ideas que intervenían en la esfera pública y normalmente desde un lugar de crítica yoposiciónal régimen y, en segundo lugar, que su condición de opositores los convirtió en blancos de la persecución del poder.

Los perseguidos del Estado Terrorista no sólo recuperaron en un sentido genérico las experiencias de 1837 desde el tamiz del exilio republicano español, sino que en forma explícita se reconocieron como hijos de esos destierros. Los exiliados del ’76 construyeron, por una parte, su biografía de intelectuales perseguidos en torno a esas experiencias exílicas y, por la otra, se conectaron con la tierra de acogida y se mostraron argentinos. La identidad de perseguidos, víctimas por sus ideas, regeneradores de la Nueva Argentina o gestores de la Segunda República contribuía a mostrarse por un lado ante los españoles como pares o alumnos de los viejos republicanos y ante sus connacionales como hijos de los fundadores de la Argentina moderna.

Si bien las imágenes del exilio bajo el rosismo y del destierro de la Guerra civil española fueron las matrices dominantes utilizadas por los hombres y mujeres expulsados por la Junta Militar para significar su propio exilio, en Argentina aquellas experiencias se habían reactualizado en diferentes momentos y cada vez que el mundo cultural fue objeto de persecución.

Sin embargo, el peso del Peronismo entre los desterrados de la Junta Militar obturó que conectaran su experiencia con la del mundo universitario e intelectual sobre todo durante la segunda presidencia de Perón. Así aunque en la historia argentina el debate sobre el exilio - su condición de perseguido, víctima, prófugo o traidor - habían implicado que en en los años 1940 y 1950, los silenciados o interdictos por el peronismo recuperaran las memorias del exilio del ’37 y del 1939, para identificar a Perón con franco o Mussolini, en 1976 esa no fue una narrativa muy extendida.

Un dato peculiar es que aunque el Peronismo tenía una historia cargada de exilios de militares, sindicalistas, obreros, políticos, etc. tras el golpe de 1955 y que el propio Perón acreditaba un prolongado exilio en España, los exiliados del ’76 no manifestaron una recuperación sistemática de esa tradición exílica. Aunque las razones de esa “falta de memoria” no son claras, podría pensarse que sea por la “mala prensa” que Perón y el Peronismo tenían en España o porque la historia del destierro del líder rodeada de signos de Perón “renunciamiento”, “dignidad y “generosidad” parecía como la de San Martín una experiencia inalcanzable, lo concreto es que los exiliados del peronismo en los ’70 no apelaron a esa memoria para construir pertenencias, ni filiaciones.

Asimismo, aunque los exiliados de la dictadura ligados al Peronismo ponderaron el espejo del exilio republicano, rechazaron la experiencia de los proscriptos como modelo a imitar. De hecho, para ellos la generación del ’37 representaba un grupo de intelectuales extranjerizantes, deslumbrados por importar modelos europeos a América y que vivieron de espaldas a la Argentina. En este sentido, cuando los exiliados peronistas del ’76 tomaban como referencia a los proscriptos lo hacían como contraejemplos de lo que un condenado al exilio debía ser. Así por ejmplo para los editores de Testimonio Latinoamericano, la excentricidad no debía operar como sobre los perseguidos del rosismo transformanlolos en colonizados culturales o extranjeros, sino que debía aportarles universalismo, pero sólo para ver lo propio con nuevos ojos.

La última experiencia en la que los perseguidos del ’76 se apoyaron para construirse hijos de una Argentina productora ancestral de expulsiones y destierros fue la de los profesores y científicos de la Universidad atacada por el gobierno del General Onganía. Así como los perseguidos del Onganiato se habían mirado en el espejo de los proscriptos, de los intelectuales huídos de la España nacional, de los represaliados por el golpe de 1943 y por los gobiernos peronistas, los exiliados del ’76 tomaron como modelo próximo y en no pocos casos como recuerdo personal, el ataque a la Ciencia, la anulación de la autonomía universitaria, el encarcelamiento de profesores y alumnos, el vaciamiento de carrreras y facultades y finalmente la diáspora de los del ’66.

Sin embargo, junto a las matrices recuperadas por los exiliados en tanto remitían a imágenes de un destierro camino del perseguido, espacio donde conservar la dignidad, escenario de denuncia y de lucha por la recuperación de las libertades, etc., los del ’76 también contestaron directa o indirectamente y sin remitr a experiencias históricas concretas otras representaciones que hicieron del exilio el castigo del impío, la justa penalidad del delincuente y el lugar del extranjero, del peligroso, del subersivo, del traidor y del antiargentino.

Claro está que más allá de las imágenes heroicas o demonizantes, de los destierros magnánimos o miserables, los habitantes de la diáspora en Cataluña vivieron la cotidianeidad produciendo identidades que mostaban que lo suyo a lo sumo fue un acto razonable y/o desesperado que se podía tornar egoista cuando se pensaba en los que se quedaron, podía convertirse en culpa cuando se tomaba consciencia que muchos amigos y compañeros habían muerto o estaban “deasparecidos”, podía pensarse cobarde cuando se medía en relación a los que resistían en el interior o dieron la vida por el país que querían y podía sentirse un privilegio frente a los que vivían bajo el terror o habían clausurado sus vidas en un "exilio interno".

A pesar de los intentos de los desterrados del ’76 en Cataluña por suturar desde la activación de una tradición exílica el divorcio de sus biografías individuales con la historia de la Nación, hasta hoy y más allá de los signos de cambios de los últimos años, colectivamente la sociedad argentina recuerda poco el exilio de la dictadura y cuando lo refiere o bien reproduce -consciente o inconscientemente - demonizaciones arcaicas o más recientes, o bien lo desfigura y lo banaliza sea bajo la forma de un exilio poético o intelectual, sea como un viaje entre turístico y de descubrimiento y no vinculado necesariamente a una situación de violencia política.

Toda la investigación ha intentado rastrear formas de significar el destierro articuladas por víctimas, perpetradores y “otros” actores audibles en el espacio público argentino desde que el goteo de destierros se trasnformó en una verdadera sangría, pasando por el escenario más caliente de debates sociales que fue el de la Transición y con el retorno de los huídos/expulsados y hasta el presente.

Si bien cada uno de esos momentos tiene peculiaridades que esta tesis intentó reconstruir, la respuesta en trazo grueso al problema de qué recuerda la sociedad argentina sobre el exilio del ’76 remite a un silencio simbólico que confirma una exclusión cívica, política, laboral y física previa y que la normalización institucional y los retornos individuales no lograron modificar. ¿Qué elementos debemos tener en cuenta para explicar la escasa impronta del exilio en la memoria de la represión? ¿En qué medida la memoria dominante del exilio ha sido una memoria silenciosa?

La primera explicación remite a los efectos de la nominación militar que en primer lugar negó el exilio o lo transformó en “subervsión apátrida”. La impronta de la propaganda militar que hizo de los exiliados terroristas cobardes que vivían en sus exilios dorados mientras inventaban patrañas contra la Argentina fue tal que los exiliados se vieron obligados o bien a silenciar su exilio o bien a revindicar patriotismo y a mostrar que estar fuera de los límites de la Patria no implica olvido, traición, deslealtad, conspiración o ataque a los de adentro.

Frente a la asignación de una identidad de culpable de terrorismo y de traición, los caminos de los desterrados eran negarse a asumir esa identidad devaluada o resignificarla apelando o bien a experiencias prestigiosas que permitieran explicar su presente en relación a unos antecesores que aunque fueron perseguidos no eran delincuentes ni fueron malos argentinos.

Pero si los efectos de negar la condición de exiliados los dejaba como simples viajeros, migrantes o turistas, en no pocas ocasiones el propio destierro parecía demasiado banal e insignificante como para equiparse a personajes de destierros dignos o heroicos, ya que ni la militancia política previa, ni la actividad de denuncia desarrollada en el país de destierro podían estar a su altura. Por otro lado, reinvidicar el destierro podía provocar fricciones y resquemores dentro del campo de las víctimas y derrotados.

En sí mismo el exilio no es una identidad política o ética ni tampoco es una militancia. Las formas en que los perseguidos del Terrorismo de Estado vivieron sus destierros fueron heterogéneas y la denuncia antidictatorial y la solidaridad aunque fueron fundantes de la comunidad exílica, no fueron universales a toos y cada uno de los expatriados.

Pero más aún, la mostración del exilio podía renovar viejas disputas que los militantes protagonizaron dentro y fuera de las organizaciones políticas o político-miltiares a la hora de salir del país sobre la pertinencia de la decisión, su significado político, su implicancia ética, etc., o generar otras que en coyunturas como las del retorno donde se ponía también en debate la recuperación de lugares de trabajo y de posiciones perdidas en el campo cultural.

El temor a la jerarquización del sufrimiento y del compromiso antidictatorial dejó a los exiliados ante la opción de silenciar la vida en el destierro, convirtiéndolo en un paréntesis, o de contarlo en forma discreta y coadyuvando a desfigurar u ocultar lo que funda todo exilio que es la violencia política.

Así frente a una prédica militar que demonizó a los derrotados de la “subversión apátrida”, negó su condición de exiliado (perseguido político) y transformó a esos tránsfugas en cobardes, traidores y extranjeros, los desterrados se pensaron víctimas, militantes populares de la Argentina derrotada en el ’76 y actores de la lucha antidictatorial. Sin embargo, el horror inconmensurable de la figura del “desaparecido” relativizaba el propio sufrimiento y entonces la posibilidad de contarlo sin generar incomprensión quedó limitada a que las otras víctimas (presos políticos, familiares de muertos o desaprecidos, exiliados internos) lucharan por imponer una política de memoria que indicara al exilio como una práctica represiva más del Estado Terrorista.

Si bien, en la coyuntura del desexilio, los organismos de DD HH propiciaron esta lectura, el dolor, el egoismo, el sentimiento de culpa y la vergüenza de unos y otros no consiguieron romper con la fácil tendencia a crear escalafones entre los derrotados. Esto muestra que los silencios no sólo se constituyen sobre lo que no se dice, sino sobre lo que no se escucha. Para que un relato consiga ser oido es necesario que sea legitimado por otros.

La legitimación de la identidad del exiliado víctima sólo podía venir de la mano de las otras víctimas. Si en los últimos años, el exilio parece tímidamente estar conquistando un lugar más significativo dentro del relato de la memoria de la represión dictatorial es precisamente desde la comprensión del destierro como el epílogo de otras estategias de represión que en no pocos casos significó incluso "desaparición" y huida, desde su inclusión dentro de historias de la militancia setentista o desde la "autorización" de las víctimas mayores ("desaparecidos") que como en el caso de la idea del libro Los chicos del exilio muestra a una madre de una desaparecida que da la veña a dos compañeras de su hija sobrevivientes y desterradas para contar una historia de una represión planificada y sistemática que produjo diversas formas de victimización.

La otra razón del silencio sobre el exilio se vincula a las dificultades que como consecuencia de la nominación militar y como consecuencia de la Teoría de los dos Demonios ha construido una memoria dominante sobre los setenta que sólo muy tímida y marginalmente habla de actores políticos. La narrativa dominante de la dictadura como Terrorismo de Estado sancionada por el Nunca Más y el Juicio a las Juntas Militares ha ubicado a las víctimas - o ciertas víctimas como vimos - en un lugar eminente y ha obligado a censurar u ocultar la historia de aquellos que los militares represaliaron.

Nuevamente el efecto de la estigmatización pretoriana convirtió a todos los huidos en terroristas lo que dificultó en la temprana Transición explicitar el accionar político previo al golpe, cuanto más los militares trabajaron por convertir a todo militante en un subversivo y a todo subersivo un terrorista, esto es un combatiente armado. Los efectos de este discuso fueron inmediatos y en plena dictadura los exiliados necesitaron explicar que no eran subversivos. Pero tras la normalización institucional, la persecución penal a las cúpulas de las organizaciones armadas en un clima cargado de los resabios demonizadores hicieron que muchos exiliados tuvieran que probar su inocencia ante la posibilidad de que se reactivaran causas judiciales abiertas por los miiltares o se crearan otras en el ámbito de la doble demonización de FF.AA. y guerrilla propiaiada por el gobierno democrático.

No contar la militancia previa al exilio ante el temor a la estigmatización, la persecución, el aislamiento social o la reactivación del “por algo habra sido” dificultó la distinción entre una emigración económica o profesional y un exilio. No es que el Estado Terrorista necesitara “razones” para perseguir, pero descontadas sus sinrazones, también manifestó un claro objetivo de eliminar no sólo a las organizaciones armadas, sino a la vasta y poliforme militancia social, universitaria, sindical, política, etc. que en los ’70 compartía un proyecto progresista de transformación social, aunque alimentado por tradiciones ideológicas diversas, modelos de sociedad disímiles y hasta diveregentes horizontes políticos deseables y realizables.

La tercera coordenada que explica la subrepresentación del exilio en el recuerdo de la dictadura de los argentinos alude a las dificultades para contar las luchas contra el régmen militar, por su caída, en defensa de los DD.HH. y por la recuperación de la democracia que protagonizaron las diferentes comunidades nacionales del exilio.

Si mientras gobernaban los militares, las denuncias sobre las violaciones a los DD HH fueron transformadas por el poder en ataques contra el pueblo argentino, en intentos de intromisión en los asuntos soberanos de un Estado y en mentiras de argentinos desnaturalizados, con la democracia aquellas denuncias fueron confirmadas por una evidencia que buena parte de la sociedad descubrió tras el "show del horror", la publicación del Nunca Más y el Juicio a las Juntas Miiltares.

Sin embargo, la historia de la lucha antidictatorial de las comunidades exílicas es quizás la más ausente aún hoy. En este sentido, aquello que los desterrados hicieron una especie de cordon umbilical imaginario con los hermamos de adentro queda en el recuerdo por ejemplo de los catalanes que colaboraron con esa denuncia, pero ciertamente no ha sido integrada al relato de la resistencia interior. Las razones de este silencio en un punto pueden tener que ver con los resabios de la lógica militar que incluso en los primeros años de la democracia permitió hacer de colaboraciones en publicaciones del exilio o de los testimonios ante organizaciones internacionales de DD.HH. signos de "subversión" o de "traición a la Patria".

Sin embargo, creo que el principal factor de este silencio se vincula nuevamente al temor a la fractura en el campo de los derrotados por un disputa sobre paternidades en la denuncia, en la solidaridad, en la recuperación de la democracia, en del debilitamiento del régimen militar o en la articulación de una nueva forma de entender la política tras el horror. Los huecos sobre el quehacer político de los exilios argentinos de los ’70 por un lado ayudan a confundirlos con emgiraciones y por el otro mutila el relato de la cluha antidictatorial que no puede comprenderse sino en el contrapunto entre el interior y el destierro.

Todas estas formas y sentidos de un silencio edificaao desde lo que no se dice, se desfigura, se oculta, se demoniza, se banaliza o no se quiere escuchar no son productos inéditos del período que se extiende entre el golpe de estado de 1976 y el presente.

De hecho esa memoria silenciosa del exilio del ’76 remite, a mi juicio, al lugar marginal que el destierro en cuanto práctica represiva, de control de la disidencia política y como espacio de lucha antidictatorial tiene en el relato nacional.

Parece que no sólo los exiliados expulsados de su historia asumen una condición de extranjeros, traidores o antiargentinos, sino que el exilio en cuanto tal no es argentino. No está desexiliado en la memoria porque la sociedad que los expulsó pretende pensarse a sí misma sin marcados ideólicos, persecuciones, expulsiones, etc.

A mi juicio el reconocimiento del exilio como práctica con tradición pone en crisis los relatos identitarios que hicieron de la Argentina un crisol de razas en una sociedad abierta y tolerante que acogió a todos los hombres del mundo que desde el siglo XIX llegaron a nuestro suelo.

Así, de la misma forma que la prodigalidad y generosidad argentinas obliteran la selección que los gobiernos de los años ’30 y ’40 hacían entre "campesinos inmigrantes" y "peligros refugiados" u ocultan deportaciones de inmigrantes europeos que comulgaban con el anarquismo o el comunismo tras la figura de la "opción" proporcionada por el poder al extranjero culpable de un "delito contra la civilización", reconocer los exilios del ’76 ponía en jaque la imagen de país "Occidental y Cristiano" y también "Derecho y Humano".

En forma singular, la extranjeridad del exiliado de la dictadura reprodujo la patologización sufrida por los que en las primeras décadas del siglo XX fueron calificados como agitadores anarquistas o rojos, cáncer comunista, agentes de disolución de la nacionalidad o amenazas para la Civilización. Si estos eran ciertamente extranjeros, su extranjeridad no la definía el lugar de nacimiento sino lo que el poder que los criminalizó ponderó como su divorcio absoluto de lo que era o debía ser la Nación.

Del mismo modo, lo antiargentino de los "subversivos" del ’76 no derivó de su salida del país, sino que lo que los militares designaron como una huida cobarde, egoista y traidora, expresaba una extranjeridad previa que los había alejado de la esencia de la Patria tras vincularse a la "subversión" marxista internacional.

Que los militares hayan negado que su política generó exilios no significa que aquellas narrativas que ponderaron al “intelectual” que pedía refugio tras huir de la España nacional como un individuo peligroso, inútil como fuente de riqueza o civilización y sospechoso per se por haber sido víctima del poder, no sirvieran para hacer de los nuevos candidatos a la exclusión culpables, peligroso, extranjeros e inútiles.

Si los recuerdos son armas de lucha política, la memoria no es sólo resignificación/recuperación de acontecimientos concretos.

La memoria opera actualizando lógicas para entender la realidad. En Argentina la lógica que convierte al peligroso en extranjero, la que tiende a definir una Nación compacta que desconoce las posibilidades de expresión de los disensos y de las resistencias y lee los procesos en clave dicotómica o la que tiende a jerarquizar, construir escalafones y buscar paternidades se han reiterado en el campo de los exilios.


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